Vendiendo zapatos en una aldea en Kenya

Aramo es un muy pequeño pueblo en el oeste de Kenya, con apenas algunos centenares de habitantes fue mi hogar durante una semana, mientras visitaba a William, mi anfitrión mientras trabajaba como voluntario unas semanas antes.

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Este corto tiempo lo pase conociendo y compartiendo con los locales, visitando a los vecinos en compañía de mi anfitrión, y absorbiendo el estilo de vida. En esta zona del país se habla el idioma Luo primero, ingles después y por ultimo swahili, y aparentemente cada uno de sus habitantes sin importar la edad maneja los 3 idiomas con total comodidad.

Es un lugar tranquilo y pacifico en el cual me gane el amistoso apodo de ¨Wodaramo¨, que significa ¨hijo de Aramo¨, apodo que recibí en un bar donde nos reuníamos frecuentemente con los amigos de William. Es la comunidad sencilla y amable en extremo en la que     muchos quisiéramos retirarnos, un lugar que te hace apreciarlo enseguida.

 


 

Compartiendo con la familia de William decidí que una forma sencilla en que podría mostrarles mi aprecio y respeto por su estilo de vida era simplemente acompañando a su esposa Eunice a vender zapatos en una de las aldeas cercanas, tarea que realiza a diario desde hace varios años.

 

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La familia completa

 

Es impresionante la forma en que ella trabaja, Cada día camina durante unos 40 minutos cada tarde (después de cocinar y trabajar en casa todo el día) para poder vender en el mercado nocturno, el cual solo funciona desde las 5 pm hasta las 6:30 pm, para después regresar caminando la misma distancia cuesta arriba. El tiempo que toma desplazándose es mayor del que toma vendiendo sus zapatos.

 

Comprando cada zapato a 115 shillings (1,5 dolar) en el pueblo mas cercano y vendiéndolos a 150 shillings (1,5 dolar) genera el dinero suficiente para mantener su vida y la de su hija menor, (todos los demás hijos vuelven a distintos pueblos durante la temporada colegial), generando 15 dolares en sus mejores días, y 8 dolares en promedio cada día.

 

Ese dia a las 5 pm todos los hijos (6 en total) y Eunice se encuentran listos, hoy todos decidieron venir, quizá para verme vendiendo zapatos o porque no hay mucho para hacer de vuelta en casa. Estoy acostumbrado a las miradas de curiosidad de los locales al ver a un blanco, pero al ver a un blanco en una muy pequeña aldea, en el mercado local y vendiendo zapatos!! las miradas parecen de miedo, como si estuvieran viendo un fantasma o alucinando.

 

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Parte del inventario a vender

 

Después de un rato mirándome como si tuviera 3 ojos por fin pierden el interés y se enfocan en sus asuntos, mientras tanto Celestine (la hija mayor de William) me explica lo poco que hay que explicar para vender mientras llega la procesión de potenciales compradores, en mi limitado swajili les doy la bienvenida y les invito a comprar pero tener a un blanco vendiéndoles es una situación tan extraña que la mayoría hacen un esfuerzo por ignorarme, las palabras se quedan en el aire mientras todos buscan a Celestine y le hacen preguntas en Luo.

 

Es entonces cuando cambio de estrategia y aprendo a decir el numero 150 (el precio de la mayoría de los zapatos) en luo, ahora cada que se acercan Celestine se queda en silencio y me señala cuando preguntan precios, con mucho orgullo digo MIAGI PRA BISH (o como sea que se escriba), a lo que responden abriendo los ojos y echándose a reír, ahí consigo mi primer venta del día, 30 centavos de dolar de ganancia.

 

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Pretendiendo que tengo idea de lo que estoy haciendo


Es un mercado muy básico, muy elemental, lo que se esperaría de una aldea pequeña, 3 hileras de puestos inestables construidos en madera y cobijados por tejas llenas de oxido agrupan frutas y vegetales, todo encerrado por pequeñas construcciones en ladrillo usadas como carnicerías o para reparación de calzado.

La tierra es el único cimiento del mercado, los vendedores zapatos se ubican a las orillas y abren los enormes costales en donde logran de alguna forma agrupar decenas de pares de zapatos que seguramente han cargado en su espalda por largos trayectos.

 

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Parte del rudimentario mercado

 

Eunice (esposa de William) merodea por todo el mercado mientras nos deja las ventas a Celestine y a mi… mas de una persona se nota que no viene a vender o comprar sino a socializar, el mercado es el punto de reunión y hay que aprovecharlo, pues ya solo quedan 20 minutos de luz solar.

MIAGI PRA BISH!!, repito cada vez con mas confianza a un niño confundido que lleva varios minutos escogiendo zapatos, he vendido 10 pares de zapatos, parece un numero enorme y trato de no pensar en las limitadas ganancias, para tener un buen día de ventas hay que vender decenas de pares.

 

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Celestine mostrando un par de zapatos 

 

Muy rápidamente se empieza a ir la gente y Eunice regresa de socializar con los demás vendedores para informarnos que hay que empacar e irnos, hoy se encuentra de buen humor y le paga a una moto 1 dolar para llevar el costal repleto y a punto de estallarse hasta la casa.

 

No hay espacio para personas en la moto y hay que caminar de vuelta, junto a otras 2 vecinas (una de las cuales carga todo su inventario en la cabeza) recorremos varios kilómetros en medio de la mas absoluta oscuridad, después de tantas veces haciendo esto Eunice tiene memorizado el camino y no necesita luz para moverse. Yo me tropiezo con cada piedra en el camino mientras atravesamos colinas, cruzamos 2 ríos y nos movemos entre las reducidas granjas de los locales.

 

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A punto de regresar a casa

 

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Volviendo a casa en medio de la oscuridad

 

Cada día estas mujeres recorren varios kilómetros en la tarde, esperan pacientemente y rezan para poder tener buenas ventas y tener la posibilidad de comprar carne para el almuerzo del siguiente día. En la noche recorren estas distancias de vuelta entre lodo, maleza, espinas y terrenos inestables donde no se ven caminos. Todo esto mientras se preparan para cocinar al llegar y para regresar la siguiente tarde y seguir vendiendo, todo por mantener a su familia día a día, todo por crear un hogar para sus hijos.

Todo por 8 dolares al día.

 

Miguel Santamaría

Miguel Santamaría

Miguel es uno mas de tantos locos que renuncian a todo para viajar, la vida en el camino resulto mas atractiva que su trabajo como ingeniero de petróleos de vuelta en su natal Colombia. Ahora buscando nuevos destinos baratos y cautivantes, se encamino hacia el este de África, en donde espera estar algunos meses o años mas.