Mi amigo el indigente

Faltan solo 2 días para mi viaje de 6 semanas a Colombia, para pausar esa vida tan simple y tranquila en Kenia a la que tanto me he acostumbrado. Tiempo para ver familia, comer bandeja paisa, tomar aguardiente y sentir a mi país de nuevo.

Debería estar alistando cuidadosamente las cosas que voy a llevar, pensando en cada detalle que pueda ser planeado antes de viajar. En cuanto voy a extrañar el sabor salado del viento costero que siempre llega a la casa, o en  las grullas y su sonido estruendoso al pasar volando durante el anochecer cada día.

 

Pero en vez de todo esto, mi cabeza trata de mantenerse concentrada en la partida de ajedrez que estoy jugando, y especialmente en mi oponente…


 

Jaque!

Mi rey está expuesto y las demás piezas desordenadas por todo el tablero, cualquier jugada parece acercar más el inevitable final, me defiendo como puedo mientras me sirvo otra copa de mnazi; un licor local de color blanco, textura espesa y sabor muy amargo. Se produce recogiendo el aceite que la palma provee a los cocos, después de unas horas ya se ha fermentado lo suficiente para venderse como bebida alcohólica, una muy barata (pues se vende a menos de un dólar por litro). 
 

Jaque!
 

Hasta pensar se vuelve difícil con la humedad de la costa keniana, especialmente ahora que la temporada de lluvias ha terminado, mi jardín está lleno de hojas secas repartidas por el suelo y hace semanas que no crecen hierbas, las mascotas buscan un lugar con sombra donde poder echarse por horas, el único respiro es la constante brisa del mar Índico, a menos de 200 metros de distancia.  Cada tarea parece requerir el doble de esfuerzo, como la partida de ajedrez que me tiene acorralado.
 

No hay mucho que pensar, la partida está acabada, tumbo el rey en señal de derrota.
Como única respuesta mi oponente dice: Ok, lets play another. Y empezamos a preparar el tablero para una nueva partida – mientras servimos más mnazi, es el licor más popular en la costa de Kenia, especialmente para personas de bajos recursos y este colombiano que recuerda el sabor de la chicha con cada sorbo.
 

Ya he perdido 2 partidas seguidas, en parte por estar un poco despistado, finalmente he empezado  a escuchar la historia de mi contrincante, un buen amigo del que muy poco se…

 

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La vida de Mzee Felix

Es alguien que conozco desde hace muchos meses. Un indigente, uno con el que hasta ahora no hemos cruzado muchas palabras, pero con quien hemos jugado ajedrez infinidad de veces. En un país donde el único juego de mesa es damas chinas, encontrar un jugador de ajedrez es una rareza, digna de atesorar.
 

A pesar de que nuestras cortas y escasas conversaciones solo sean para dar un rápido saludo o sugerir una nueva partida, nuestra amistad está más basada en el hábito, la costumbre de encontrarnos para jugar, pues mutuamente conocemos muy pocos jugadores de ajedrez.
Sus visitas no anunciadas son la única forma de encontrarnos, nunca ha tenido celular ni hogar fijo, aunque últimamente ha estado viviendo en una habitación arrendada por 10 dólares mensuales.
 

Mientras sirvo más mnazi a través de un filtro para evitar la formación de natas,  mi amigo, a quien siempre me dirijo como ¨mzee¨ (palabra respetuosa para referirse a un anciano en el idioma suajili) finalmente se ha animado a contarme un poco más de su vida, esa vida de la que poco he podido escuchar desde que nos conocimos mas de 6 meses atrás. 

Se crió cerca a la costa de Kenia, en una más de tantas aldeas que son un reflejo casi perfecto de las demás, pequeños grupos de casas construidas en lodo y con techos de fique, bordeando un punto central donde grupos de piedras dan aviso de donde están los fogones. Tienen muy poca diferencia respecto a cómo se veían siglos atrás.

 

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                                                                                                                     una típica aldea Keniana

 

Mzee se mudó a la ciudad más grande de la costa para vender seguros de vida, y después de pasar por muchos trabajos cada vez peores y de la muerte inesperada de su hermano, terminó expulsado de su casa, forzado a reciclar y a buscar trabajos temporales. Un trabajo especialmente injusto para un anciano que nunca ha parado de trabajar en su vida. 

Ahora su rutina empieza a las 2 de la mañana, momento en que se despierta para leer literatura cristiana hasta la hora del amanecer, entonces toma su ¨costal¨ y se va a caminar por las calles de Kilifi, pasa horas enteras caminando bajo el sol y desplazándose de lote en lote buscando algo que pueda reciclar o trabajos de limpieza que le generen algunos chelines.
 

Al caer la noche vuelve a esa habitación de alquiler, para cocinar una cena sencilla en una estufa de carbón, ayudado solo con la luz del fuego pues no hay conexiones eléctricas, y demorando más de lo normal, ya que el agua debe traerla de un pozo cercano.

 

Siguiendo esa rutina fue que un día vio 2 personas jugando ajedrez frente a un kiosko local, y se acerco a mirar y preguntar si podía jugar con nosotros, desde ese día casi sin excepción se acercaba a la misma hora y después de 3 partidas, se iba sin decir mucho. No importaba, pues ambos sabíamos que al siguiente día nos volveríamos a encontrar. 

Pero después de un tiempo, viajé con mi novia y rompí ese delicado balance. Con el paso del tiempo dejo de buscarme y sin tener forma de yo buscarlo pasaron meses en que no supe de el, extrañando ese amigo que se había vuelto una de mis compañías mas frecuentes en Kenya. Eso fue hasta hace unas pocas semanas cuando nos encontramos en el pueblo, inmediatamente lo invite a visitar la casa para retomar esa buena costumbre que ambos echábamos de menos.

Ahora cada día espero pacientemente a que den las 3 P.M., pues es la hora aproximada en que un anciano con expresión humilde y amistosa se asoma tímidamente a la puerta buscando una partida de ajedrez que rompa su rutina diaria.

 

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Miguel Santamaría

Miguel Santamaría

Miguel es uno mas de tantos locos que renuncian a todo para viajar, la vida en el camino resulto mas atractiva que su trabajo como ingeniero de petróleos de vuelta en su natal Colombia. Ahora buscando nuevos destinos baratos y cautivantes, se encamino hacia el este de África, en donde espera estar algunos meses o años mas.